STATUS.CUENTO




Lo que murmura la gente tiene algo de verdad, no es puro mito. A Status sólo entran los fashion, los más bellos, los mejores; me refiero a los pecadores con American Express y a sus féminas cómplices, tan adictos a ese mundo psicodélico y nocturno. Sí, es la respuesta a tu pregunta. Sí, Lima es el infierno y Status es el point: el anfiteatro de la lujuria.





After party
De pronto, desperté en mi casa. Pamela ya se había ido. Sólo me dejó un dolor en la pelvis, la sensación de su piel levemente fría como el yogurt impregnado en mi cuerpo y su sudor delicioso de perfume caro. Yo esperaba más bien su teléfono. No me lo quiso dar, quizás para no tener que decirme que no me quería volver a ver. Tengo la garganta seca, los huesos destrozados y la cabeza me revienta aún más por los chillidos de Alonso. Apenas despertó, empezó a gritar, incontrolable, preguntando dónde mierda estaba. Me amenazó con las llaves de su auto mientras buscaba algo en mi departamento que le sirviera como un arma mucho más eficaz. Lo calmé asegurándole que yo no era maricón hasta el hastío. Le pedí que me dedicara uno de sus libros y, para que confiara un poco en mí, le conté la verdad. Me dijo que no le importaba y que publicara lo que se me diera la gana. Le conté que estaban interesados en contratarlo en Neo Mundo.
-¿Tienes más whisky? -me preguntó sacándose las legañas de los ojos.
-¿Quieres más todavía? -le contesté con sarcasmo y me reí.
No me dijo nada. Lo detuve antes que intentara cruzar el umbral y le di mi tarjeta. Alonso abrió la puerta, se puso sus Gucci de sol antes que el brillo del mediodía le achine los ojos, y me dio su tarjeta con el número de Pamela escrito en la parte de atrás. Nunca más lo volví a ver en persona, sólo por la tele.



Zona VIP
La discoteca Status se encuentra enquistada en la ya mítica avenida Larco, en Miraflores, y se ha convertido, desde su pomposa inauguración -hace más de dos años-, en el punto de reunión preferido por los jóvenes del NSE A de la capital. Los socios entraban de inmediato, sin mayor trámite. Yo tuve que hacer una cola de lo más extensa y bisexual, compuesta por drag queens, chicas plásticas y enternados, la mayoría de ellos metrosexuales. Los agentes de seguridad eran los encargados de decidir, de lo más imperturbables, quienes entraban y quienes no. Casi nadie de los que formó cola delante de mío lo logró. Yo estaba muy nervioso, me sudaban las manos y se me hizo un vacío en el estómago como los domingos por la noche de niño cuando sabía que el lunes temprano regresaría al colegio. Llegó mi turno, uno de los agentes me barrió con la mirada, como estudiándome, y asintió con la cabeza. La gente dejada de lado rogaba por entrar, algunos armaban un escándalo y los agentes tenían que botarlos a la fuerza. Cuando me retiraba, casi al amanecer, unos pocos aún seguían allí, en la calle, congelándose.
Bajé por una de las dos escaleras que se bifurcan en lo que es la discoteca en sí y descendí a un mundo hermético, atiborrado de efectos compuestos por rayos láser, luces turquesas y rosadas y bailarinas intimidantes. Ellas bailaban sobre sus tacos aguja mientras sus pocas ropas rojas ardían en un fuego infernal. Parecían mirarme directo a los ojos mientras se contorsionaban sobre altos pedestales. La música se acentuaba cada vez más hasta apoderarse de mis oídos. Me acerqué a una de las barras, la más grande y concurrida. Me senté cegado por la cortadora que, sobre el firmamento lumínico, me hizo ver todo como en cámara lenta. La pista de baile estaba repleta, al menos así parecía. Yo sólo veía siluetas andróginas que bailaban a contraluz, se movían enérgicas, erógenas. Un humo artificial apareció no sé por dónde, formando una neblina con sabor a durazno. El primer rostro que logré vislumbrar a través de la neblina fue el de una mujer detrás de la barra, al parecer era una de las meseras. Le pregunté qué necesitaba para hacerme socio de Status y pedí que se cargue a mi tarjeta Visa de platino -facilitada por Neo Mundo especialmente para elaborar esta crónica- una botella de Johnnie Walker etiqueta azul. Me puso la botella enfrente de inmediato junto con un cubo de hielos y un vaso y desapareció. Según lo supuse, el consumo de una botella tan costosa llamaría la atención del personal de Status, tanto como para comunicárselo al propio dueño. Mientras esperaba metí el dedo en el vaso para atenuar mi nerviosismo, revolví los hielos por las puras y me chupé el dedo mojado. Sabía bien.
Gonzalo Prado se acercó, y me preguntó cómo la estaba pasando, de lo más sonriente. Le contesté que muy bien, todo genial. También preguntó mi nombre y, además de responderle, le lancé el rollo que ensayé cuidadosamente durante toda la tarde: si pues Gonzalo, soy un empresario que regresa al Perú luego de que el consorcio inversionista para el cual trabajo, ah sí claro, sírvete un vasito de whisky, los que quieras, bueno y salvamos de la quiebra al banco este, del que te estoy contando, y acá estoy de nuevo en Lima, supervisando el asunto, ¿más whisky, Gonzalo? Le puse un par de hielos más y casi le llené el vaso. Noté a un Gonzalo sorprendido. Es que su banco era mi banco, con el que mantenía una gruesa deuda financiera. Mientras me seguía sonriendo, le di a entender, entre líneas, que estaba tratando de re-insertarme dentro de los círculos sociales en Lima, le conté que me encantaba el estilo posmodernista, tan op art de los centros nocturnos europeos, y que Status, por lo poco que veía, no tenía nada que envidiarle a ninguno de ellos. Gonzalo se infló como un pavo, creidazo, y me dijo que era el dueño de Status y de algunas discotecas más en la playa. Yo me hice el sorprendido, no lo puedo creer, hermanito, ¿en serio? Me pidió que lo acompañe a la zona VIP para presentarme a la gente que ocupaba su mesa.
Le di la mano a Chicho Gutiérrez, crítico de rock que, como era de esperarse, estaba drogado, a Pamela Ocampo, modelo de Gane jugando, a Alonso Bertello, conocido escritor que me saludó con el mayor desgano, y a un par de anfitrionas que me conocían. No dijeron nada ante la presentación que me hizo Gonzalo: Diego acaba de regresar al Perú después de mucho tiempo, dijo; sólo me miraron con una sonrisa cómplice y coqueta. Dejé mi botella de Johnnie azul sobre la mesa, junto con otros whiskies y daiquiris. Pamela y Alonso conversaban como si se encontraran solos. Bertello acariciaba sus piernas largas y marcadas por debajo de la mesa. Las anfitrionas reían y se tocaban el pecho como haciéndose las espantadas de la forma en cómo Bertello utilizaba sus manos como armas de conquista mediática. Pamela trataba de hacerse la difícil con esa sonrisa que esboza cuando le muestra a la cámara los premios que se llevarán los concursantes ganadores. Yo bebía mi whisky, mirándolos sin que se dieran cuenta que los observaba, manteniendo una postura erguida, interesante pero, a pesar de que lo intentaba, no podía dejar de estar nervioso por estar entre gente de la que he oído hablar y que había visto tantas veces en la televisión. Mi rito de las tardes es ver ese programita mediocre llamado Gane Jugando con una sola mano, gracias Pamela por esas falditas, de verdad. Y me he leído casi todos los libros de Bertello, creo que es uno de los mejores escritores jóvenes en la actualidad. En cambio Gutiérrez me parece pura pose, muy al cuero negro y con su programita televisivo de rock no-comercial que casi nadie ve, además se nota que el tipo posee la profundidad de un spot de cerveza, aunque tiene buenos contactos, eso es indudable. Me pareció extraño que las anfitrionas no compartieran la noche con hombres. En mi primer viaje al baño despejé mis dudas: confundí los géneros de los letreros y pude contemplar como una le acariciaba con la lengua uno de los pezones a la otra que aplacaba sus ganas de gritar mordiendo una toalla higiénica. Me quedé viéndolas besarse. Las quise besar. Al regresar del baño noté que Chicho y Gonzalo se fueron hacia una mesa del fondo, lejos del bullicio de la gente. Me acerqué y Gonzalo me preguntó si me provocaba consumir un poco. Yo titubeé sin saber qué decir para excusarme. Gonzalo llamó a las anfitrionas. Una de ellas rozó sus senos contra mi espalda con extremada delicadeza al abrazarme. Quise oponer resistencia. Jala o le cuento la verdad a Gonzalo, me dijo. La otra se me puso enfrente. Llevó a mi nariz esa sustancia que brillaba, tan provocativa, como ella. La que estaba a mis espaldas pidió protagonismo y me desvirgó el orifico nasal que aún conservaba su inocencia. Se alejaron riéndose, tomadas de las manos, a seguir bailando entre ellas.
Me serví un par de tiros más -ya por mis propios medios- antes de contemplar a los mozos trayendo más drogas, licores y diversas pastillas de éxtasis que dejaron puestas cómo buffet en bandejas de plata. Una mesera le dijo algo al oído al Gonzalo. Discúlpame un momento, pero prefiero ocuparme personalmente de mis negocios, me dijo. Me quedé solo con Chicho así que aproveché para indagar acerca de una de las leyendas urbanas más comentadas de esta ciudad: los cuartos de neón del segundo piso. Ese es el verdadero atractivo de Status, según se comenta. Gutiérrez me aseguró que la zona VIP no era nada comparado con el segundo piso, pero que estaba restringido sólo a algunos socios, pero que no me preocupara porque yo no tendría mucho problema en acceder allí puesto que Gonzalo me consideraba una persona de la cual, en el futuro, podría requerir un favor. Yo le sonreí y lo felicité por su programa de rock. Gonzalo regresó y le dijo algo a Chicho que desapareció de inmediato. Cuando nos quedamos solos me tocó el tema de su deuda con el banco. Yo le pregunté qué era ese rumor de los cuartos en el segundo piso. Gonzalo me miró como entendiéndome, llamó a un mozo y le ordenó mostrarme el camino. Mientras me alejaba de la zona VIP espié a Pamela que le hablaba a Alonso con denodado entusiasmo, pero Bertello parecía estar más atento a mi botella de whisky.


El cuarto negro
Apenas terminé de subir las escaleras, una chica tomó mi mano y me jaló con rapidez hasta sentarme en un sillón, se arrodilló en el suelo, se acercó hasta colocar su boca entre mis piernas y comenzó a abrirme la bragueta. Son cincuenta cocos, me dijo, maltratándome el pene. Me disculpé cortésmente y me alejé despacio. Me adentré aún más y pude vislumbrar los cuartos del fondo, en donde se escuchaba otro tipo música, como me lo había dicho Chicho, más finales de los sesentas: Hendrix y a continuación la verborrea de The Doors. Las puertas eran cortinas marroquíes importadas por Gonzalo especialmente para cada cuarto, alumbrados sólo con una luz de neón que proveía de una personalidad distintiva a cada uno de ellos. Uno era rojo, otro verde mar, el cuarto más pequeño era de un amarillo brillante y el último y más concurrido era negro. Por esto no puedo dar fe de lo que hay dentro de él, sólo conjeturas sin pruebas: la bienvenida estuvo a cargo de un ser anónimo con voz femenina. Me dio un beso sin lengua, me susurró palabras en francés y sopló cálidos vientos sobre mi cuello desnudo. Manos me sobaron el pantalón y la camisa, toqué piernas suaves y delicadas, bebí algo que pude descifrar entre ron con gin y crema de menta. Note perfumes Jadore, Yves Saint-Laurent y Channel. Estuve tirado allí por no sé cuánto tiempo envuelto en una completa oscuridad, tropezándome con cuerpos humanos y buscando los labios que me recibieron en la entrada y que nunca más pude besar. Bajé las escaleras, conmocionado y de lo más excitado. A unos metros del guardarropa Pamela Ocampo y Alonso Bertello -cayéndose de borracho- entablaban conversación con uno de los agentes de seguridad. Apenas Alonso me vio, me abrazó por los hombros y me recomendó el cuarto negro. No sabes de lo que te pierdes, huevón, alcancé a escuchar. No terminé de decirle que ya había estado allí cuando, inesperadamente, se desplomó llevándose consigo una mesa. Apenas cayó se quedó dormido sin acusar dolor alguno por el golpe. Pamela rió como si fuera un chiste más de Alonso. El agente de seguridad me contó que siempre le pasaba lo mismo: el señor Bertello puede dormirse en cualquier parte, una vez lo sacamos del almacén porque se había quedado seco chupando de la manguerita de la chopera. Me ofrecí llevarlo a su casa. Pamela me pidió que la lleve a su casa y muy cordial el agente mandó traer el auto de Bertello del parking.

Su irremediable soledad
No sabía cómo proponerle que nos tomáramos un trago frente al mar. Mis manos, al volante, sudaban y sudaban y yo me limpiaba con la tela del pantalón. Cada vez que no era muy obvio, volteaba para mirarla fumar. Esa es la imagen de ella con la que quisiera quedarme antes de no volverla a ver jamás. Sus piernas recogidas hacia un lado y los postes de luz aclarando las facciones de su rostro intermitentemente. Una mujer envuelta en las bocanadas del humo y de la noche, perfectamente aclimatada a una soledad que oculta muy bien detrás del maquillaje, la irremediable soledad de su belleza y su minifalda. La provocación de sus piernas interminables y su mirada siempre deseosa pero ahora apagada, que mira solo por mirar, por compromiso.
Pamela volteó a ver a Alonso dormir en los asientos traseros y creo que lo odió. Lo odió por ser el único hombre en Lima que rechazaría a una chica como ella, tan Cosmopolitan, tan ensaladas sin aderezo, tan modelo de la tele, de pasarelas, de fotos. Tan bulímica. Tan Status, pero el muy imbécil de Alonso prefirió un whisky de 350 dólares, el mejor whisky de la casa, el mío. Pamela me pidió que me detenga en un grifo a pocas cuadras de su casa porque tenía que ir al baño, lo cual no entendí. Salí del auto y entré al autoservicio para comprar algo que comería viendo alguna película. Me topé con ella cuando pagaba la cuenta, se apareció súper retocada, con el maquillaje perfecto, como si acabara de salir de la ducha y me sonrió y la recordé otra vez detrás del televisor y me emocioné de tenerla tan cerca.
-Quiero un vino, ¿te parece bien? -me preguntó.

Zero infrarrealistas.Llega al Perú la revista audiovisual Nomedites







Nomedites, revista multimedia mexicana, dedica su octavo número al “Infrarrealismo” y a su relación con el movimiento poético peruano Hora Zero.


Estoy con las ventanas abiertas, afuera llueve, una tormenta de ocaso, rayos, truenos, esas cosas que excitan o que impelen a la melancolía.
¿Cómo está México?, ¿cómo están las calles de México, mi fantasma, los amigos invisibles? ¿Sigue en pie Al Este del Paraíso o ya entró en el sueño de los justos?
Cuando mejore mi economía apareceré por tu casa una noche cualquiera. Y si no, es igual.
El trecho que recorrimos juntos de alguna manera es historia y permanece. Quiero decir: sospecho, intuyo que aún está vivo, en medio de la oscuridad, pero vivo y todavía, quién lo iba a decir, desafiante.
Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama Los Detectives Salvajes.

Un fuerte abrazo
R.

Carta de Roberto Bolaño a Mario Santiago, 1996

Esta carta es sólo una pequeña parte del valioso material que nos entrega la octava edición de la revista audiovisual mexicana Nomedites। Esta vez el número es un homenaje al movimiento poético Infrarrealista –fundado Roberto Bolaño y Mario Santiago– y al movimiento poético peruano Hora Zero, ambos iniciados a principios de los setentas.
¿Pero una revista audiovisual? Así es. Lejos del formato del papel, Nomedites está plasmado en un CD que contiene poemas, fotos (de los integrantes, de las publicaciones y de los afiches), audios y videos de lo que fue –y continúa siendo– el Infrarrealismo y su intensa relación con Hora Zero.
La presentación de la revista en Perú se realizó hace un par de semanas. Allí la conseguí. Lamentablemente no podría precisar si se está vendiendo en el Perú.
El disco está acompañado por un librito de resumen y por una cubierta dibujada a mano: las puertas de un jardín se abren impulsadas por el viento. En el interior los árboles pelados sin hojas han sido olvidados por los hombres, pero, como el Infrarrealismo y Hora Zero, aún están de pie.







Cansado de verse bien.CRÍTICA / Libro Con espuma en la boca, de Andrés Emmerich


Escribe: Rubén Barcelli

Imaginen una fiesta a la que sólo han sido invitadas obras literarias peruanas: La ciudad y los perros y Un mundo para Julius conversan soberanas al pie del buffet, sintiéndose el objeto de todas las miradas. Muy cerca de la barra, Abril rojo y Guerra a la luz de las velas le hacen la guardia al mozo para que les vuelva llenar sus copas de vino tinto y blanco, respectivamente, mientras esperan la llegada de Hotel Lima. Todo se mantiene en un apacible orden hasta que un asistente rompe la uniformidad del aforo. Con espuma en la boca (Editora Mesa Redonda, 2007) aparece en la puerta vestido con un inarrugable terno azul marino y un membrete pegado en la solapa donde se lee: “Narrativa”. Los asistentes rumorean que el recién llegado no tiene invitación pero sí buenos contactos.
Así es como describiría la salida a la luz de la ópera prima de Andrés Emmerich. Como un libro angurriento que se quiere zampar a la fiesta, amparado en una influyente campaña publicitaria que logra que el despistado medio cultural local se trague el sapo y lo acepte como parte del gremio. Y aunque el libro tiene muchas virtudes, ninguna de ellas la valida como Literatura.
Veamos. Con espuma en la boca ha sido escrito bajo la estructura de un diario itinerante e inconstante que deambula entre Perú, Argentina y Estados Unidos. El protagonista, cargado de una rabia bobalicona, detalla sus numerosos –y frustrados– intentos de suicidio mientras arremete contra ciertos individuos que representan a las distintas clases sociales del argot cosmopolita y mediocre: un white trash gringo, un taxista limeño y su madre –regia representante de las alturas de Casuarinas–. Ellos, indefensos, son víctimas de los ataques del narrador, el cual los convierte en meros pretextos para sacar a flote un subtexto emocional y corrosivo: la intolerancia hacia los demás que justifica una vida de fracaso.
Esta línea asolapada y amariconada es tal vez uno de los mayores méritos de la obra, pero no llega a redondear un argumento estructurado. De ser un texto escrito con resentimiento, un vómito con remanentes de sangre coagulada, no pasa. Aquí un ejemplo:

Manejando un taxi todo el día, hora tras hora, día tras día, ¿para qué? Para llegar a tu casita miserable, con muebles baratos, manteles de plástico, televisor enorme y equipo de sonido. Ver a tu esposa rolluda, con la grasa formando varias tetas bajo sus tetas, con las uñas pintadas, permanente, mal vestida, que fue a la peluquería del barrio, que va a la iglesia, a la que ya no te quieres tirar. ¿Cómo pudiste casarte con ella? Pero no importa, total ya encontraste una amante, igual que Carmencito pero más joven y evidentemente más angurrienta: es la amante de un taxista. ¿Puede ser peor? Y tus dos hijos, ¿qué? Tienen un padre taxista, ¿crees que están orgullosos? ¿No crees que se dan cuenta de todo lo que no les puedes dar? ¡Si les pusiste cable! Ahí pueden ver todas las noches por la televisión que ellos no son rubios, no son lindos, no tienen auto, ni buena ropa, ni viven en una buena casa, pueden verlo todo y sueñan, sólo sueñan con eso y te aborrecen porque jamás se los darás (...) Hay muebles en mi casa que valen más que tú, que no hacen nada, vacíos. Cualquier cosa vale más que tú y tus horas detrás del volante. Así que no me mires, sigue, engáñate, pretende, actúa, pero eso sí, no me jodas a mí: no tienes ningún derecho. No sabes nada, concéntrate en tu taxi, en tu esposa gorda, en tu amante de medio pelo y en tu cerveza del Sábado (sic); con eso nos dejas a todos tranquilos.

¿Será entonces prosa poética? Menos. En las primeras páginas se pueden leer oraciones cortas, afiladas como dagas medievales. Pero es puro maquillaje. La vigorosa calidad narrativa que ilusiona con una obra portentosa se desploma de a pocos como un obeso que, una mañana, despierta con la inusitada idea de salir a correr a toda prisa. Con espuma en la boca se cansa antes de doblar la esquina. Incluso la historia queda colgando. El final apesta a “lugar común”, de taller, falto de la más mínima pericia.
Por estos motivos considero que el libro se acerca más a la catarsis emocional que a las evocaciones literarias. Son alrededor de cien páginas que dicen muchas cosas pero que al final no cuentan nada, más que el testimonio de un ser patético y aburrido que se queja de ser rico, de tener dinero y de ser huérfano. Un texto que debería de abarrotar los archivos psicológicos en vez de las estanterías de las librerías.
Y de pronto creo ver a Marcos –el protagonista– recostado a solas en la cama de su habitación. Parece inmerso en el epidérmico drama al que se refiere la canción –banda sonora– de la impresentable miniserie Esta Sociedad. Marcos se pone de pie mientras coloca delicadamente los audífonos del ipod en sus oídos. Se acerca a la ventana para contemplar al mundo. Lo odia una vez más mientras tararea: Estoy cansado de tener que verme bien… (sic).






AQUEL MAESTRO INCANDESCENTE । ULIMA PUBLICA EN TRES TOMOS LA OBRA COMPLETA DE WÁSHINGTON DELGADO


Para alguien de tan portentoso legado, la muerte no equivale a la desaparición। Es tan sólo una de sus formas de estar ausente, callado, oculto en el silencio desde el 2003. Y ya volvió.


Por el amor no por el odio he de sobrevivir.
W. Delgado


Cada uno de sus poemas es como un monumento erigido luego de cesada la guerra. Es aquel pedazo de sabiduría el resultado de su indomable perseverancia por elegir las palabras más exactas. Su lucha titánica por concentrar significados en el papel -el campo de batalla- del cual el lector no encontrará vestigios. Tal vez sí gotas de sangre.
Y es que Wáshington Delgado (1927 – 2003) pudo escribir mucho más. Gracias a sus extensos conocimientos y su amplio manejo del lenguaje, pudo componer incontables versos, si le hubiera dado la gana. Pero no lo hizo. Prefirió la brevedad. La poquedad. El estruendo de la página en blanco.
Esta decisión la encontró en el sosiego que otorga la genialidad. La madurez del maestro. Prefirió entregarse al titánico esfuerzo de desechar las palabras banales, que no dicen nada, a través de un camino duro y riguroso. Incluso optó por dejar de escribir. Luego de publicar Destierro de por vida (1969) y el conjunto de su obra poética, Un mundo dividido (1970), Delgado anunció su retiro definitivo del mundo de la poesía.
Marco Martos ensayó una explicación: “El silencio que llegaba no era la lucha conocida con el blanco papel, era entrar bastante prematuramente en la opacidad definitiva. Y es que después de Baudelaire, no hay poeta de valía que no haya cuestionado el propio elemento expresivo. Son otros, no los poetas, los que no dudan de lo que escriben. Un poeta como Delgado está siempre en estado de alerta, entre el perpetuo balanceo entre el decir y el no decir, entre el hablar y callar, siempre entre lo asertivo y la perplejidad.”

Del Perú y otros poemas
Tal vez uno de los aspectos de la personalidad de Wáshington Delgado que más se recuerde sea su insoslayable convicción socialista. Es considerado, en palabras de Jorge Eslava, “el poeta de mayor consistencia ideológica de la segunda mitad del siglo XX y el más imperioso para resistir con lucidez a estos tiempos de infortunio”.
Fue en el café Palermo donde un joven Wáshington mantenía dilatadas conversaciones que traslucían sin pudor su entrañable pasión por el Perú. Siempre bebiendo café –nunca licor- y fumando sin apuro, reflexionaba acerca de aquel ambiente social de primavera socialista junto con otros miembros de la Generación del 50 como Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Jorge Eduardo Eielson, Pablo Guevara, Sebastián Salazar Bondy entre otros.
Por encontrase inmerso en esa coyuntura social, fue testigo del enfrentamiento de dos estilos poéticos, claramente disímiles: uno, el “arte por el arte”, el de la pureza; otro, “el arte social”, el del compromiso con la denuncia y la opresión. Delgado fue tal vez el único escritor que logró enlazar en su poesía ambas vertientes, como se puede leer en Formas de la ausencia (1955), Días del corazón (1957) y en Para vivir mañana (1959). Aquí un ejemplo:







Héroe del pueblo


Yo construyo mi país con palabras,

digo cielo cuando miro el cielo

digo luz, agua, corazón y lo demás ignoro.


El silencio es profundo, pero amo las alturas.

Hombres son y mujeres los que alumbran mis ojos

y mi voz está en ellos como el aire en que viven.


No me importa la muerte si es justo mi combate.

Por el amor no por el odio he de sobrevivir.


Yo canto en las matanzas, yo bailo

junto al fuego, yo construyo

mi país con palabras.

¿Qué porción de la “alta” poesía peruana del siglo XX se la debemos Wáshington Delgado? Es un pedazo importante, sin duda. Y ahí está esa obra hilada por un maestro de la palabra. Un hombre al que se le añora solidario, humanista y amante de la libertad. Y hoy, ya desprovisto de materia, regresa, para recordarnos que la trascendencia es así, se sobrepone al inquebrantable devenir de los milenios.

Tinta y pasión.Vallejo y Mariátegui, periodistas






Abril es el mes más cruel, decía un verso de Tierra Baldía, el poemario más celebrado del anglosajón T.S. Eliot. Pero en el Perú no es así. Abril es el mes de las letras. ¿Por qué? Porque los estudiosos han descubierto efemérides, cumpleaños y otros hallazgos que unen a una serie de escritores nacionales que han servido como pretexto para celebrarlos a ellos y a sus textos. De alguna manera el ensayista José Carlos Mariátegui y el poeta César Vallejo tienen que ver con el asunto. Veamos.
El hecho que en los primeros años del siglo XX, José Carlos Mariátegui haya vivido en la cuadra 11 de lo que hoy es la avenida Washington, para muchos no tiene importancia. Estudiosos como el recordado profeso José Miguel de Priego y el catedrático Wiston Orrillo, sí fueron más allá de esa circunstancia geográfica. Mariátegui era periodista de hípica y qué mejor tener una casa a una cuadra de lo que entonces era el hipódromo de Santa Beatriz y que hoy conocemos como el Campo de Marte.
El autor de Siete Ensayos de la Realidad Peruana, destaco en la crónica de caballos firmando con el seudónimo de ‘Juan Croniquer’ pero fue además un periodista integral, sensible, humanista y diestro en convertir las noticias en un saber que formaba conciencias y valores. Su posterior estadía en Europa lo dotó den una visión holística que lo hace uno de nuestros mejores periodistas, digno de imitar, materia que pocos han descubierto.
En el caso de César Vallejo ocurre otro tanto. Nuestro vate trujillano no destaca sólo por esa maravillosa forma de escribir poesía, sino su forma de ser. Fue un ser humano extraordinario y eso se trasunta a través de sus versos, sus palabras. Como dice le maestro Manuel Velásquez: “Creo que pocos poetas han dicho tanto sobre la solidaridad humana como Vallejo, pocos poetas han dicho tanto sobre el dolor como Vallejo, pocos poetas han dicho tanto en verso como él...
Pero Vallejo también fue un notable periodista. Ser vital, es un hombre alegre. Hay que leer solamente ese poema maravilloso El Hallazgo de la Vida. Vallejo escribió novelas como el “Tungsteno”. Por eso la narración de Vallejo debe ser revalorada y su periodismo también. “Porque Vallejo fue un periodista realmente fuera de serie. Si queremos conocer el Paris de los años 20 al 30, hay que leer los artículos de esa época. Nunca he visto un periodista igual. Bueno, solamente se le igualaba a Mariátegui, pero Mariátegui sabemos que tenía una dirección mucho más política. Vallejo, en ese sentido, es mucho más amplio que Mariátegui, pues veía todos los ángulos, el político, el humano, el social. Realmente era un periodista completo” termina diciendo Velásquez.