YA SALIÓ HERIDITA FANZINE


Ha salido una nueva revista cultural. Y la saludo con entusiasmo. Mucha suerte y larga vida, Heridita Fanzine.
....YA SALIÓ A LA VENTA....
"Heridita" # 02 - febrero 2007

Puntos de venta:

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CUANDO FUIMOS INMORTALES. Libro de cuentos de Rubén Barcelli




* Aquí una de las historias, como adelanto.


Aún ahora recuerdo cuando caminaban por la calle de la mano, felices, incómodos por sus uniformes de colegio: les quemaba el cuello de la camisa, era un mes de noviembre, a puertas del verano. Alejandra le acariciaba la nuca a Giácomo mientras se besaban; lo abrazaba fuerte y lo escuchaba hablar de política.

ALEJANDRA
Se desnuda y desnuda a su hijo. Entra en la tina con él, le besa las mejillas y el ombligo mientras mueve sus brazos desde abajo hacia fuera del agua, una y otra vez, para que su hijo ría y chapotee, estás quedando limpiecito, mi amor, ¿quieres darle un beso a mami?... ay qué rico, mi vida, ya sabes dar besitos. Alejandra calla y se pregunta en silencio: ¿Esto es la felicidad? De inmediato se responde, muy segura.
Alejandra ha aprendido a perderse -y a encontrarse- en la risa y en los ojos verdes de su hijo, tan verdes como el mar del Caribe; tan verdes eran también los ojos del chico que conoció en su viaje de promoción a Varadero, el chico que sólo le hablaba de política - Giácomo-, que pensaba que Estados Unidos era culpable de que el pueblo cubano pasara hambre; Giácomo, que le decía y le redecía que hay que apoyar a Fidel y a su revolución aunque la Unión Soviética ya no existiera; Giácomo, que la adoraba. Alejandra no estaba enterada de la revolución cubana: ¿Cuál, oye?, no me asustes, no me digas que va a venir ese Che y que me va estropear el trip, no ni hablar, yo me voy ahorita.
Sus amigas se han dado cuenta de que ese chico del colegio de hombres es muy atractivo detrás de toda esa timidez: tiene una sonrisa bonita y es bastante educado y, seguramente, le gustas mucho, Ale, y ella pensaba: A mí también me gustas, Giácomo, así no entienda nada de lo que dices, me gustas mucho.
¿Te puedo decir Ale?, le preguntó tímidamente, Giácomo, sentado en la arena gruesa y blanca, no sé, me suena más a ti, pero, ¿cómo te voy a llamar como quiera?, yo quiero llamarte Ale, como tus amigas, sí, sí, yo también tengo hambre, vamos a almorzar y después regresamos acá a la playa, ¿te parece, Ale?, porque si no, hacemos otra cosa, de verdad, lo que tú quieras, en serio.
Desde que se conocieron, Alejandra y Giácomo se volvieron inseparables mientras sus amigos se adueñaron de los bares y las discotecas resort. Las compañeras de colegio de Alejandra se mantenían atentas a ellos, como adictas a una telenovela:
-Parece que van a ser enamorados.
-Sí, creo que sí… míralos caminando por la playa, ahí pasa algo…
-Claro, con decirte que la otra noche salieron de la discoteca. Alejandra me dijo que se fueron… pero no le cuentes a nadie.
-A nadie, te juro.
-Se fueron a la playa a ver el amanecer, ella hizo como si tuviese frío, él la abrazó y casi se besan.
El Gordo Salazar pensaba que Alejandra estaba rica pero que era una idiota: ¿Y qué haces tú con semejante cuerazo?, esa flaca es una brutaza, no es para ti, además es mucha hembra, Giácomo, te lo digo porque eres mi pata, no la vas a hacer, es mucha hembra. Giácomo no tuvo mucho tiempo para escuchar lo que le decía el Gordo porque ella, como ese día, siempre lo estaba jalando del brazo, ven, vamos a la playa, ven. Giácomo, mientras la piel de Alejandra se oscurecía, miraba a la lejanía, un mar absoluto se encontraba en calma, sí pues, estás buenota como dice el Gordo, pero eres una hueca, ¿cómo hago contigo?, pero desde que andamos juntos todos me miran, se interesan en mí, ¡qué chévere!
Cuando Giácomo le habló de nuevo, Alejandra sólo atinaba a sonreír y a asentir con la cabeza cuando le preguntaba si estaba de acuerdo con alguna de sus ideas revolucionarias: ¡el neo liberalismo es aberrante!, ¡Marx es el pensador del pueblo!, ¡odio a esos gringos!, ¡malditos imperialistas! A Alejandra, las palabras de Giácomo le parecían como susurros a lo lejos, que no se entienden con claridad pero, sin embargo, hacía como si lo estuviera escuchando con la mayor atención mientras enterraba sus pies en la arena.
Sale con su hijo de la tina y lo seca en la cama con mucho cuidado, es tan chiquito, tan indefenso, tan mío, y tengo miedo que cuando crezca se vaya y se olvide de mí. El teléfono, ella vacila en contestar porque no quiere dejar solo a su hijo, se puede caer, le puede pasar algo, ¿y si es una emergencia?, pucha, mejor contesto, ¿y si llora?, no, mejor no. Lo deja timbrar. Después de unos segundos suena su celular, aló… ¿qué quieres?, sí, ya lo bañé, sí, ya se está durmiendo, por favor, Giácomo, no me hagas esas bromas… ¡no lo hagas, por favor!


GIÁCOMO

Sus padres tienen un compromiso esta noche y han dejado dicho que se van a demorar. Giácomo aprovecha para gritar, llorar y tirar al piso cosas viejas que ha sacado de su armario. Es en ese momento cuando se topa con uno de sus cuadernos de colegio que había guardado en una caja junto con libros y otros papeles. Giácomo lo coge con cuidado, lo acaricia como queriéndolo mucho, luego lo abre buscando una página en blanco, cuando la encuentra escribe:

Ayúdame, Joaquín,
Ayúdame, Joaquín,
Ayúdame, Joaquín,
AYÚDAME, JOAQUÍN,
¡AYÚDAME, JOAQUÍN!,
¡JOAQUÍN!
¡JOAQUÍN!
¡JOAQUÍN!

Se detiene un momento, exhausto. Contempla al Che Guevara mirando hacia fuera del póster con seriedad, con ese misticismo que lo había inspirado a querer convertirse en revolucionario en una época sin revoluciones. Perdimos, Che, creo que es hora de aceptarlo, pensó. Junto a aquel póster, cinco diplomas obtenidos en sus años de secundaria adornan su pared: cuatro por ser el mejor de su salón en rendimiento académico y uno de segundo puesto en quinto de media cuando conoció a Alejandra, a su Ale en Varadero, ¿por qué tuve que conocerla?, en vez de tirármela ese verano me la hubiera pasado estudiando para entrar a la universidad… entonces no hubiera tenido que trabajar con mi viejo, que me repetía y me repetía: ¡muévete ocioso!, ¡trabaja!, no te quejes que nadie le daría trabajo a un imbécil como tú, me decepcionaste, Giácomo. Sí, decepcioné a mi papá y a mi mamá que no me habla… es que ya no puedo más, -escribe de nuevo en su cuaderno- no puedo, ¡me quiero morir!, Joaquín, por favor, ayúdame.

NO SÉ QUÉ HACER

Giácomo fue a la hora de salida del colegio de Alejandra días después de regresar del viaje y le pidió que sean enamorados. Los dos se besaron por primera vez, todavía bronceados y sin lengua, mientras prometieron amarse todos los minutos, todas las horas, todos los días hasta la muerte, ay, mi vestido, Giácomo, ¿qué vestido voy a usar para la fiesta de promoción?, ¿y para qué vas a estudiar este verano?, descansa, tú ingresas de hecho, vamos a la playa, después postulas. Giácomo la cogía de la cintura con mucho respeto, sus manos dudaban en ir un poco más allá, sí, Ale, chévere, Ale, lo máximo, Ale, ¿a qué hora te recojo para ir a la fiesta de prom?, no, no me demoro, siempre soy puntual… ah verdad no puedo ir a la playa este verano, es que mis viejos quieren que me meta a una academia preuniversitaria, ¡qué buena idea, Ale!, ya pues, les digo que postulo a medio año, sí pues, sí tengo tiempo, sí pues, para qué me voy a apurar.
Giácomo coge su celular, no contestan, llama al celular de Alejandra, hola, ¿cómo que qué quiero? ¿Ya lo bañaste?, ¿ya se durmió?, Ale, ya lo decidí y, Ale, te juro que me quiero morir… ¡Ale!… ¡escúchame!


NICOLÁS Y EL GORDO

Baja del avión. Duty Free. Aduana. Sale del aeropuerto. Calles, avenidas, él las reconoce, son sus calles y sus avenidas, las de toda la vida. Llega a su casa, almuerza con su familia, duerme unas horas. Nicolás ha regresado a Perú para pasar las fiestas de fin de año y quiere aprovechar para ver a sus amigos y sobre todo a Giácomo, su compañero casi inseparable desde el colegio hasta que apareció Alejandra en Varadero y Giácomo se desconectara de todo lo que no era ella. Nicolás no fue a la playa el verano que acabaron el colegio, se la pasó estudiando e ingresó a la universidad. Hace casi año y medio se ganó una beca para terminar su carrera en España.
Cuando despierta, piensa en llamar al departamento donde Giácomo se había mudado con Alejandra cuando se casaron pero la línea está cortada, así que llama al Gordo Salazar, habla, Nico, ¡qué bueno que regresaste!… oye han abierto un bar en Barranco que está bravazo, vamos allá para que conversemos tranquilos, hace tiempo que no hablamos, Nico, y tomando la rica chela. Ambos se sientan en una mesa del fondo, lejos del bullicio de la gente, la música se escucha a media luz. Entonces, Nicolás pregunta:
-¿Y que hay de nuevo, Gordo?… ¿Estás con enamorada?
-No, a mí no me gusta eso de tener hembrita -el Gordo enciende un cigarrillo- yo prefiero a las perras nomás… ah, pásame tu vaso.
-Toma -el Gordo se lo llena-. Oye, haces mal, deberías buscarte una chica -Nicolás enciende su cigarrillo.
-¿Para qué?, para que te cague la vida, yo paso, Nico -el Gordo sostiene su vaso en el aire mientras sorbe de cuando en cuando-, si no mira al pobre de Giácomo.
-¿Qué le pasa a Giácomo, Gordo?
-¿Qué te pasa, Giácomo? -pregunta Alejandra.
-¡Ya no puedo más!… ¡entiende carajo! -responde Giácomo.
-Te fuiste en el peor momento,... Nico… en el peor -dice el Gordo
-No te entiendo… ¿Giácomo?, si él está con Alejandra y con su hijo, por cierto ¿tienes su nuevo número?
-Él está viviendo con sus papás de nuevo, es el mismo de siempre -el Gordo bebe hasta secar su vaso. Luego, le pide al mozo dos botellas más y prende un cigarrillo con el pucho todavía encendido.
-Bueno… no lo sabía, pero… ¿qué le pasó?, yo no me he enterado de nada, a ver, cuenta, Gordo.
-Por favor… tranquilo… mira, no te apures, vamos a conversar, aló, Giácomo, ¡contéstame!... aló, aló…
Giácomo deja el celular en su cuarto y se pone a buscar en el bar de su padre, encuentra un whisky, se bebe un trago de a pico, regresa al cuarto y coge de nuevo el celular.
-Ya… está bien, vamos a conversar… ¿pero de qué vamos a conversar?
-Alejandra y Giácomo ya no hablaban, ni se decían sus cosas, de verdad, Nico, se dejaron de amar.
-No te creo… pero si estaban templadazos, y no les iba mal, incluso Giácomo estaba trabajando con su viejo.
-De ti, Giácomo, de mí, de nuestro hijo, de eso quiero que hablemos.
-De nuestro hijo quizás… pero de nosotros… no creo… Ale, ¿qué nos pasó?
-Fue culpa de ambos, o tal vez no fue culpa de nadie… yo lo único que sé es que todo acabó.
-Cuando terminaron -el Gordo enciende otro cigarrillo-, Giácomo regresó a la casa de sus viejos… al principio le pasaba plata a Ale, pero cuando quebró la empresa de su viejo tuvo que ponerse a buscar trabajo pero nunca encontró nada… espérate un toque, ya vengo, más bien pídete un par más y te sigo contando.
Nicolás le pide dos cervezas más al mozo mientras acaricia su vaso, perdóname, Giácomo, por no haber estado aquí. El Gordo regresa del baño, se sirve un vaso y la saborea, está rica la chela, Nico, ¡carajo, qué bueno que regresaste!, ¡carajo! La gente del cole ya no se ve, todos tienen enamorada, o ya se casaron, o se fueron a estudiar fuera, como tú, huevonazo.
-Oye, Gordo, sigue contando pues -Nicolás llena su vaso.
-¡No importa de quién haya sido la culpa! -Giácomo se sienta en el suelo, abraza sus rodillas y llora una vez más en silencio.
-Aló...aló…Giácomo… ¡háblame!
-Lo único que quiero que hagas es que le des un beso en la mañana por mí… dile, por favor, que su papá lo ama mucho y que siempre va a ser su padre así no esté con él.
-Sí, lo haré, pero, Giácomo, ¿no habrá otra salida? ¿No hay nada más que se pueda hacer? -comienza a llorar.
Alejandra le da un beso en la frente a su hijo, que duerme imperturbable. Este es de parte de tu papito, le susurra y de inmediato se pone de pie, se acerca a la ventana, se seca las lágrimas con la yema de sus dedos, se toca los senos desnudos y recuerda cuando aprendió a hacer el amor con Giácomo -aquel sexo torpe con amor en la sala de su casa y en el cuarto de él cuando sus papás ya estaban acostados-, e intenta desearlo, intenta recordar cuando estaban en el colegio y no podían dejar de besarse, es imposible, Giácomo, no puedo volver contigo. Alejandra busca estrellas en el cielo negro mientras lo escucha quejarse de que los jóvenes no tienen ninguna oportunidad en este país y de que todo es culpa del imperialismo yanqui y su capitalismo ultraliberal.
-¿Por qué te importo tanto?… tú que no vas a estar sola, tú que ya le conseguiste un nuevo papá a mi hijo.
-¿Qué? ¿Está saliendo con otro?
-No empieces otra vez, por favor… ¡me tienes harta!
-No sólo eso, ya se mudaron juntos, con todo y el hijo… me han contado que el huevón gana como mierda.
-¿Lo amas?… dime… ¡lo amas!
-No sé si lo ama, ¡qué voy a saber yo! -el Gordo aplasta el pucho contra el cenicero con energía.
-No sé si lo ame... la verdad no lo sé -Alejandra calla por un momento, perdón por mentirte, Giácomo, pero no te quiero hacer más daño- además eso no importa, yo lo que quiero es que no cometas una locura.
Aguanta, Nico, ¿aló?, ¿cómo estás? ¿Qué?, ya, chévere, ¿a qué hora?, perfecto, yo llevo a un amigo, Nico, claro, el que se fue a España, el amigo de Giácomo, sí, sí, ya salimos para allá, mozo, dos más y que sean las últimas.
-¡No me vas a hacer cambiar de opinión! -Giácomo sorbe un poco más de whisky.
-¡No lo hagas por favor!... ¡no lo hagas!... quédate con nosotros.
-No voy a permitir que otro esté manteniendo a mi hijo, mi tío me va a pagar doce dólares la hora, con eso te voy a poder mandar plata para todo lo que nuestro hijo necesite.
-¿Hace cuanto que Giácomo está en Estados Unidos?
-Tres meses… oye, ya, vamos, hay una juerga en Miraflores.
-Está bien -Nicolás se seca su vaso-, ah, se me olvidó preguntarte… ¿cómo le pusieron al hijo?
-Joaquín… le pusieron Joaquín.

NICOMEDES SANTA CRUZ. La negritud iluminadora de América



Poeta por vocación, folklorista por tradición y periodista de profesión, se encuentran en estas dos primeras facetas sus más grandes legados. Es pues en la décima, la forma poética más sabrosa y vigorosas del Perú, y en su labor invalorable como formalista y académico del folklore, lo que lleva a Nicomedes a ocupar lugares de trascendencia universal.

Esta tarde, por motivos de tiempo me voy a dedicar a tratar sólo estos dos importantísimos temas. El tercero, el de periodista y comunicador, lo voy a dejar de lado debido a que es el aspecto más mediático y conocido de él y porque, como él mismo lo dijo, le sirvió mayormente para adquirir los recursos que necesitaba para subsistir.
Con respecto a su labor poética como decimista, debo de trasladarme a su infancia. Fue un niño negro que jugaba al fútbol en las calles pestilentes del barrio de La Victoria, el que cambió el rumbo de la cultura afro-latinoamericana. Ese niño que sintió la congénita necesidad artística de hacer poemas para contar su devenir.
Cuenta Nicomedes, en una de las más intensas y extensas entrevistas realizada por el sociólogo dominicano Pablo Mariñez, que cuando niño tenía la congénita necesidad artística de escribir poemas, pero que carecía de una serie de reglas para lograr esa rima que tanto buscaba.
Es que al concluir el colegio que conoce a Don Porfirio Vásquez, un recordado decimista de la costa peruana, el que le enseña las cualidades de la décima y se convierte en su maestro.
Durante muchos años el joven Nicomedes fue instruido en este arte hasta que, como cuenta él, se produce una ruptura. Nicomedes siente que lo enseñado por Don Porfirio comienza a repetirse cíclicamente, y es entonces que decide separase de él. Fue tanto la superación que llegó a alcanzar sobre su maestro que el propio Don Porfirio comenzó a atribuirse décimas escritas por Nicomedes y a firmarlas con su nombre. Y es que los temas de décimas enseñadas por su maestro sólo abarcan los temas de la religiosidad, la joda y la descripción de los eventos de la naturaleza. Nicomedes sentía que la décima podía ir más allá, que podía ser utilizada para denunciar la esclavitud que sufrió la raza negra en el pasado, y en la actualidad, la negación de la cultura oficial peruana de la influencia de la afroperuana en todos sus escalafones y estamentos.
Fue entonces que Nicomedes lleva a la décima a niveles insospechados y la convierte en universal y enlazadora. Universal, porque lo que recitaba con tanto sentimiento y sabor en sus décimas trataba de sufrimientos tan humanos y sinceros que no hay ser negros ni haber tenido que cargas cadenas para haberlas vividos. La esclavitud y la desesperanza no tienen color, pero sí tienen sabor, agrio, amargo, pero también dulce y condimentado. Y enlazadora, porque es Nicomedes el que se encarga de recoger de muchas de las comunidades negras de América Latina sus diversos estilos y características y las enlaza con la “Madre Tierra”, es decir, África.
Cuenta que en su primer viaje a Senegal, que redescubre lo que es la negritud y encuentra la forma de liberarse de una vez las cadenas de la esclavitud, que los negros de América no habían dejado atrás a pesar de que ya se abolió la esclavitud.
Nicomedes entiende que aunque el negro americano ya hace tiempo que es liberto aún no se ha desprendido de las cadenas y aún continúa encerrado en el nuevo orden social.
Prisión que sufren los negros por la falsa percepción y “desprecio aprendido” que tiene la sociedad de ellos y el propio concepto equivocado que tiene el negro de sí mismo, que no es más que una disminuida valoración que tiene el negro de sí mismo.
El negro, en la época de Nicomedes, cree que la forma en que puede ser aceptado por la sociedad es ser utilizado como instrumento para la jarana y la juerga. El problema de eso es que cuando la música tocaba el negro era el más querido y admirado, pero cuando se callaban las guitarras, se detenía el zapateo y el verbo afilado de las décimas se silenciaban, el negrito lindo volvía a ser un “negro de mierda”.

Lo formal en la décima
Dicho esto, paso entonces a tratar algunos aspectos formales de la décima. Esta forma poética tiene en el Perú dos vertientes ajenas que confluyen en el mismo río caudaloso de la décima peruana.
Una es la vertiente nativa, que tiene básicamente dos principales influencias incas: el harawi y el yaraví. El harawi es una forma lírica triste y melancólica que se dedica a lamentar la desintegración de las comunidades locales de la sierra y su adhesión al Tahuantinsuyo. En cambio, el yaraví, en especial el yaraví arequipeño, es candoroso y divertido. Es alegre, una cualidad muy atípica dentro del folklore andino peruano.
La otra vertiente, es, evidentemente, la española. La definición ibérica de la décima más común la “combinación de versos octosílabos”. El octosílabo es el metro más genuinamente español y también el más popular, el cual responde al ritmo interno del castellano más castizo, y esto no es casual, emana de una eufonía natural entre el lenguaje emitido y su musicalización.
Es la forma de la décima espinela la que trataremos aquí. Por lo general en estos diez versos rima el primero con el cuarto y el quinto; el segundo con el tercero; el sexto y sétimo con el décimo; y el octavo con el noveno verso.

Aquí un ejemplo:

De fácil composición - A

una décima parece -B

y por eso se apetece -B

para cualquier función -A

pero en la distribución -A

del pensamiento adoptado -C

su mérito está fincado -C

en que sin ningún estorbo -D

concluya el último sorbo -D

con el último bocado -C



En realidad se trata de dos redondillas separadas por un grupo de dos versos (5 y 6) y de los cuales cada uno se cierran al rimar cada uno con su primer y último verso, respectivamente.

Esta es la clave rima: ABBA-AC-CDDC.

Es bajo estos cánones que Nicomedes Santa Cruz se desenvuelve dentro de la décima y, como ya dije, la lleva a niveles insospechados. Cabe aclarar, como lo hace Nicomedes en su gran obra llamada La décima en el Perú, que la décima en su llegada al Perú fue propiedad de las más latas elites limeñas y cusqueñas y que, como pasa con muchos de los estilos artísticos, esta clase social la fue poniendo en desuso restándole importancia. Esto se da debido a que la Iglesia Católica la utiliza como un instrumento nemotécnico para enseñarles a los indios los rezos y la Biblia.
Entonces son los negros los que se apropian de la décima para contarse entre ellos sus penas de esclavitud y para reclamar la abolición de la esclavitud a la emergente república.
Voy a permitirme nombrar dos partes de esta décima peruana: el socabón y el contrapunto. El socabón es la línea melódica de nuestra décima cantada y la de su típica armonización en la guitarra. Esto abarca un punteo de introducción, seguida de un bordoneo, seguida de un bordoneo que remata en el ritmo fijo en que se empieza el canto, y es normal que el cantor ataque cuando le venga en gana. El socabón se utilizaba –hablo en pasado porque ya está en desuso, lamentablemente- para el enfrentamiento entre dos decimista, es decir un reto o contrapunto, que es el otro aspecto al que me refiero.


Música y academia
Y ahora voy a pasar al otro gran tema de exposición el del Nicomedes Santa Cruz folklorista. Y dentro de este ámbito hay dos grandes subtemas: el musical y el formal.
Con respecto a su aporte a la música afroperuana diré que Nicomedes ha editado 16 discos.

Gente Morena. 1957.

Nicomedes Santa Cruz y su Conjunto Kumanana. 1959.

Single. 1959.

Ingá. 1960

Décimas y Poemas. 1960.

Cumanana. 1964.

Octubre: Mes Morado. 1964.

Cumanana (2ª Edición). 1965.

Canto Negro. 1968.

Cumanana (3ª Edición). 1970.

Nicomedes Santa Cruz presenta: Los Reyes del Festejo. 1971.

América Negra. 1972.

Nicomedes en Argentina. 1973.

Socabón. 1975.

Ritmos Negros del Perú. 1979.

Décimas y Poemas. 1980.


El gran valor de este material discográfico radica en que nunca antes un cultor de lo afroperuano había tenido tanta difusión y éxito a nivel nacional e internacional. Los discos de Don Nico son lo principal que se conoce de él y es el gancho para el resto de su obra. Y es especialmente su disco Socabón, el de más valor, a mi modesta opinión. Socabón es una introducción al folklore musical y danzario de la costa peruana.
En ese disco se pueden escuchar, primero individualmente y luego en conjunto, muchos de los instrumentos y formas danzarias propios de la costa peruana, como por ejemplo [El Cajón] [La Cajita] [La Quijada] [El Güiro] [La Carrasca] [La Guitarra] [Las Palmas] [Las Tablitas] [Zapateo en Mayor] [Zapateo en Menor] [Agüenieve] [Pasada de Agüenieve] [El Festejo] [El Alcatraz] [El Socabón] [Melopea de Agüenieve] [Entrada de marinera] [Llamada de resbalosa] [Panalivio] [Pancho Fierro]. Entonces, Socabón, como pueden darse cuenta es una recopilación inédita de estos ritmos e instrumentos ajenos al movimiento cultural oficial.
Y hablando ya del aspecto formal, que es al que más cariño le tengo, podemos hablar de 10 libros e incontables artículos y ensayos escritos por él y realizados a su obra, publicados en diversos medios del Perú y el extranjero.

Décimas. 1959.

Décimas. 1960.

Cumanana. 1964.

Décimas. 1966.

Canto a mi Perú. 1966.

Décimas y Poemas: Antología. 1971.

Ritmos Negros del Perú. 1971.

Rimactampu: Rímas al Rímac. 1972.

Rítmos Negros del Perú. (Edición aumentada). 1973

La Décima en el Perú. 1982.

Finalmente, quisiera analizar por un breve momento una de sus décimas más consabidas y mentadas llamada América Latina.

América Latina


Mi cuate
Mi socio
Mi hermano

Aparcero
Camarado
Compañero

Mi pata
M´hijito
Paisano...

He aquí mis vecinos.
He aquí mis hermanos.

Las mismas caras latinoamericanas
de cualquier punto de America Latina:

Indoblanquinegros
Blanquinegrindios
Y negrindoblancos

Rubias bembonas
Indios barbudos
Y negros lacios

Todos se quejan:
?¡Ah, si en mi país
no hubiese tanta política...!
?¡Ah, si en mi país
no hubiera gente paleolítica...!
?¡Ah, si en mi país
no hubiese militarismo,
ni oligarquía
ni chauvinismo
ni burocracia
ni hipocresía
ni clerecía
ni antropofagia...
?¡Ah, si en mi país...

Alguien pregunta de dónde soy
(Yo no respondo lo siguiente):

Nací cerca del Cuzco
admiro a Puebla
me inspira el ron de las Antillas
canto con voz argentina
creo en Santa Rosa de Lima
y en los orishás de Bahía.

Yo no coloreé mi Continente
ni pinté verde a Brasil
amarillo Perú
roja Bolivia.

Yo no tracé líneas territoriales
separando al hermano del hermano.

Poso la frente sobre Río Grande
me afirmo pétreo sobre el Cabo de Hornos
hundo mi brazo izquierdo en el Pacífico
y sumerjo mi diestra en el Atlántico.

Por las costas de oriente y occidente
doscientas millas entro a cada Océano
sumerjo mano y mano
y así me aferro a nuestro Continente
en un abrazo Latinoamericano.


Aquí, en este tan grande e importante festival del folklore, quiero recordar el gran legado de Nicomedes: el del romper las cadenas de la esclavitad. No me refiero a la esclavitud como aprisionamiento del cuerpo, me refiero a la esclavitud del alma. Esa esclavitud es universal. Es espacial y temporal y es corrosiva y muy arraigada. Es aquí en Cosquín donde quisiera llevar a Nicomedes más allá de la cultura afro y ponerlo en el pedestal de un hombre que creó una actitud de vida y de pasión. El gran resumen de toda su obra es que no hay que tener miedo, hay que alzar la cabeza siempre, hay que encontrarnos como seres humanos, hay que entendernos, hay que profundizarnos, porque si no lo hacemos, es ese desconocimiento lo que genera prejuicios y luego odio y luego un profundo resentimiento implosivo a punto de estallar en cualquier momento.

El conocernos como latinoamericanos hace que veamos nuestras grandes diferencias y coincidencias. No somos iguales, somos maravillosamente diferentes y en eso radica este folklore tan mítica que no es más que el resultado de la constante comunión de razas y culturas, ese iluminador conocimiento envuelto en el gran papiro de los milenios.
Muchas gracias.

Conferencia ofrecida en el Festival Nacional del Folklore en Córdoba, Argentina.

ES MEJOR ARDER QUE DESVANECERSE. Charly García, vida, música y tormentas



"Vida privada me suena a privación de vida. Me encanta mi vida pública. ¿La intimidad? Cuando estoy cagando en el baño" CHARLY GARCÍA. Enero, 1997. En su hogar.


En la época de la guerra de las Malvinas en Argentina con todo el asunto de que los Beatles estaban vetados, no se podía tocar música en ingles ni ninguna canción debería de tocar temas referentes a los conflictos bélicos, todos habían aprendido a leer entre líneas, porque Charly hablaba en voz alta pero a media luz para no terminar en el fondo de una fosa común como muchos de sus conocidos. Tocaba para el público, ahora lo hace para él mismo, ésa es la diferencia fundamental entre el Charly de masas de mediados de los ochenta y el segmentado, egocéntrico músico de la actualidad.
Hoy Charly compone para Charly, son pocos los que pueden seguirle el paso. Digamos que aún no se sobrepone de su fase de "Demasiado ego". Influencia es el primer paso para la reconciliación con la gente, con aquella relación de amor-odio que mantiene con los fanáticos y con los críticos ( con los segundos la relación sólo es de odio) .
Argentina es un país que venera de sobremanera a sus artistas, pero también los ve desangrarse en plaza pública, es un entretenimiento más para el pueblo (ejemplo de esto sólo vasta el más publicitado llámese Maradona), pero los veneran hasta crearles una muerte interna bastante visceral. La fama los provee de una corte de adulación alrededor de la que es difícil escapar. La veneración hacia Charly lo ha aislado demasiado, pero él no se deja, anda corriendo por ahí, buscando experiencias surrealistas que lo alejen de la cotidianidad.
Tiene un talento que lo ha dejado sólo, ha llegado a un punto tal de genialidad que es difícil seguirle el ritmo, la actual época de García en el aspecto musical sólo la pueden entender Lennon o Morrison, lastima que ambos estén muertos. Pero no siempre fue así, fue niño alguna vez, el problema radica en que no se sabe si alguna vez no fue músico, al parecer siempre lo fue.
El niño Carlos Albero García Moreno compro, con dinero de sus padres, una familia de clase media alta de cuya estructura de pensamientos luego se rebelaría, un disco de The Beatles, a partir de ese momento el mundo perdió a un concertista de piano clásico, futuro para lo que lo preparaban sus padres y sus maestros que lo consideraban como un niño prodigio, para ganar a un gran músico de vanguardia. Lo suyo era el desafío a la ortodoxia. Los Beatles irrumpían, una vez más, en el curso natural de los sucesos. Charly se alejó de Mozart para acercarse a Lennon.
Aunque no todo es música. Fabiana Cantilo nos lo recuerda: "Es un tipo romántico, muestra de frente sus sentimientos, su debilidad, su necesidad de amor. Es más: lo reclama, cual niño. Se pone así cuando le decís que no, cuando decís sí huye. Tiene una memoria admirable. Se acuerda de todo; a pesar de que ha tenido ochocientas novias vive cada romance como un enamoramiento, aunque dure dos días".
Fito Páez afirma que el rock argentino es el más original del mundo. Charly es la expresión máxima del rock argentino junto a Spinetta. Es el mejor músico de la historia del rock latinoamericano. Algunos lo dudan, tal vez por su conducta fuera de los escenarios, y por su modus operandi que es por demás inusual y extremista. Es un incomprendido, y lo sabe, él está al tanto de lo que pasa a su alrededor, y nos lo da a entender: "No pienses que estoy loco es sólo una manera de actuar / no pienses que estoy sólo estoy comunicado con todo lo demás". Con este extracto de la canción llamada De mí Charly se desnuda transmitiéndole a la gente que no es un marginal, es pieza interesada en la sociedad. Demuestra una profunda fragilidad que no puede ocultar. Es muy débil porque su genialidad no le da fortaleza, según cuentan sus amigos más cercanos.
Lucha contra su timidez y contra su ternura. ¿Es Charly García, el ídolo, más importante que su propia obra?. Según muchos argentinos no, país en donde su música se toca indistintamente en todo barrio de la capital, y del interior, para ellos la música de Charly García se ha convertido en patrimonio público. Acaba esta insuficiente nota con las propias palabras del ídolo, él sabe hacerlo mejor que cualquiera: "Pasan los músicos, quedan los artistas".


Publicado en la revista Enredados en la Web de FELAFACS (febrero, 2005).

EL DETECTIVE INMORTAL. Un perfil de Roberto Bolaño.



Y así fue como encaró a la muerte, fiel a su estilo: corriendo contra el tiempo, noche tras noche, en una escritura frenética y desarticulada, buscando desesperadamente la página final de su novela 2666 -tan genial como voluminosa- que no pudo alcanzar aquel amanecer ibérico del martes 15 de julio de 2003. Igual Roberto, tan sabio y contestatario, le esbozó una sarcástica sonrisa de la muerte, pues ya había cambiado –y para siempre- el rumbo de la literatura latinoamericana, antes de la última respiración de su vida.



En alguna noche nebulosa de invierno gris limeño en el 1974 de dictadura militar de izquierda y primavera socialista, un joven Roberto Bolaño de paso por Lima en uno de sus tantos viajes por el mundo, enjuto y disléxico, con su mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco y cigarrillo entre los dedos, habría de confesarle, en el desaparecido chifa Wonny del centro de Lima, a los poetas peruanos y dipsómanos de Hora Zero –Jorge Pimentel, Tulio Mora, Eloy Jáuregui, Enrique Verástegui y otros grandes- que se sirve de su propia vida para crear literatura.
Les contó que un año antes se había embarcado en una larga travesía por mar y tierra desde México -donde residía desde su adolescencia- para retornar a Chile y apoyar al gobierno de Salvador Allende que se encontraba en franca agonía. Casi le costó la vida. Apenas llegó a Santiago fue apresado como muchos compañeros suyos de izquierda. Se enteró en la cárcel que los aviones de combate Hawker Haunter de Augusto Pinochet bombardearon el Palacio de La Moneda, asesinando a Allende y consumando uno de los golpes de Estado más sangrientos de la historia de América Latina. Ya instalado en el poder, Pinochet mandó fusilar a todos los seguidores del derrocado régimen. Fue la primera vez que Bolaño aceptó la muerte; y aceptó, también, que no era inmortal como suelen creer algunos en su juventud. Pero aún no había llegado su hora de morir. Dos detectives de la policía, amigos suyos de la infancia, lo salvaron de las fauces vengativas del gobierno militar. A partir de allí se empezó a engranar en sus atormentados pensamientos el título de “Los Detectives Salvajes”.
En su retorno a México se hizo trotskista y fundó, cual romántico poeta setentero, diferentes revistas –sin los más mínimos recursos- como “Rimbaud vuelve a casa” o “Correspondencia Infra”, que llevaba el subtítulo de Revista Menstrual del Movimiento Infrarrealista, cuyo primer y único número data de octubre/noviembre de 1977. Junto con Mario Santiago fundó el movimiento de vanguardia poética “Infrarrealistas” –rebautizada en la novela como “Real visceralistas”- y pasaba los días participando de tormentosas discusiones políticas y literarias en el Café La Habana; caminando con los que llamó “poetas de hierro” por la calle Bucarelli mientras hablaban de cuanto odiaban a Octavio Paz. Y por las noches, transitando los más decadentes bares del D.F, escribiendo poema tras poema en sucias servilletas de papel, bebiendo mezcal, anís del mono y whisky barato, como lo hizo Malcolm Lowry treinta años atrás. Encontró su literatura en el México surrealista y subrrealista, como Lowry encontró “Bajo el Volcán” en aquel decadente país tan parecido al infierno, tan cerca y tan lejos del paraíso yanqui.
Bolaño, harto del Infrarrealismo que ayudó a fundar, se alejó de México para alcanzar el éxito literario. En 1978 se instala en Barcelona en la más completa soledad y con unos cuantos ahorros. Viaja por varios países de Europa y logra sustentarse a duras penas ejerciendo una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendedor de bisutería. Había aprendido a sobrellevar la pobreza hasta que se casa y nace Lautauro, su primer hijo. Ya no podía cocinarle sólo arroz a su familia, como acostumbraba.
Entonces Bolaño, que se consideró siempre un poeta, tuvo que aprender a escribir narrativa. Al poco tiempo empezó a ganar concursos literarios menores. La idea de escribir la gran novela latinoamericana se convirtió en una obsesión para él. Luego de publicados algunos libros de muy poco éxito en ventas y crítica, se propuso iniciar una obra inspirada en veinte años de su vida. Fue una madrugada azul, tan fugaz y estruendosa como tantas en el D.F, que, frente a su computadora, entrelazó las tantas aventuras de poeta infrarrealista, otorgando la trascendencia que tanto se merecía su pasado mexicano y su mejor amigo, Mario Santiago, que murió en un accidente automovilístico en los ochenta. “Los Detectives Salvajes” ganó el XI Premio Rómulo Gallegos y el Jorge Herralde de Novela en 1999. La crítica concordó en que es la mejor novela latinoamericana de los últimos tiempos, comparable sólo con “Rayuela” y “Pedro Páramo”. Bolaño fue considerado el más importante escritor latinoamericano del post boom y un futuro candidato a ganar el Nóbel.
Junto con los premios, la ovación de la crítica y el público, recibe una noticia devastadora. La insuficiencia hepática que sufría se había convertido en un cáncer fulminante. La metástasis avanzaba lentamente y le demoraría algunos años más pudrir su cuerpo por completo. Se recordó en aquella prisión en Chile y la suerte que tuvo de no morir a manos de la dictadura de Pinochet. Se alegró de haber vivido tantos años y se hizo una promesa: escribiría hasta morir. Se estableció el ritmo de publicar una novela por año. En sus últimos meses la enfermedad aceleró su degeneración. Entonces se trazó el reto de escribir una novela llamada “2666” y que en su totalidad comprendería más de mil páginas. La historia se dividiría en cinco volúmenes que se publicarían periódicamente para dejar un legado literario mayor y asegurar el futuro económico de su familia.
Fue tal su determinación que se olvidaba muchas veces de ir a sus citas con el doctor y de tomar sus medicamentos por escribir. Antes de partir, dejó instrucciones muy detalladas acerca del proceso de la publicación de 2666, incluso el precio a negociar con el editor conforme se vayan publicando las entregas. Pero sus hijos Lautauro y Alexandra, desobedientes de su última voluntad pero fieles al respeto literario de su padre, publicaron 2666 como él lo hubiera querido: reunida en un sólo volumen, para que su padre pueda, como todo un gran ladrón de libros y lector insaciable, releer en la eternidad el “Diccionario Filosófico” de Volatire, a Cortázar y a Parra, tan apasionadamente como en su juventud, cuando era un “poeta de hierro” y caminaba, tan joven, embriagado y feliz, por la penumbra de la calle Bucarelli, imaginando que algún día se convertiría en escritor mientras le silbaba a la madrugada.
Pronto a publicarse en Un Vicio Absurdo.

DEL CLÓSET AL ATAÚD La devoción por Sarita Colonia de Giovanni, un joven gay con VIH.



Sarita Colonia es para la Iglesia Católica lo que un gay infectado con VIH para el Perú: aberración social, la analogía más soterrada del lumpen. Dentro de aquel túnel desolador, Giovanni se aferra a Sarita a la espera de la muerte, blindado con esa fe marginal que lo protege de la desesperanza.



Esta historia comienza, como corresponde, con una tormenta. Una tormenta de palabras afiladas, una discusión tempestuosa, un clamor, un ruego, llanto. Incómodos silencios. Su madre odiándolo. Así recuerda Giovanni la noche en que “salió del clóset”.
Nos encontramos conversando en el Cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao, compuesto en base a niveles socioeconómicos y jerarquías sociales, como una maqueta a gran escala de la ciudad. La entrada es celestial. Ángeles renacentistas, mausoleos románicos, helénicos y con suaves tendencias góticas se asemejan mucho a los del Presbítero Maestro. Luego, el descenso en degradé a los infiernos.
Los pabellones están colocados contiguamente como fichas cuarteadas de dominó. Mientras camino se va formando a mi alrededor un aura de moscas. Apesta. Al final del recorrido, junto al mausoleo de Sarita Colonia, Giovanni sostiene cinco velas de colores diversos, para cada uno de los milagros que le pedirá a La Sarita.
-Pero especialmente voy a pedir por mi mamá, para que me perdone –me dice.
Desde aquella noche en que le dijo que estaba enamorado de Alexis, uno de los chicos más guapos y desvergonzados de su barrio de La Perla, no ha vuelto a ver a su madre.
Giovanni acaba de cumplir 20 años, es alto y trigueño, de pelo largo hasta por debajo de los hombros y pintado de un color castaño opaco, que tal vez hasta hace poco fue rubio. Trabaja en una cabina de Internet de lunes a sábado desde la mañana hasta casi la madrugada, por lo que sólo el domingo puede venir al Baquíjano.
Alexis murió hace algunos meses, después de una dilatada agonía, lamentando haber contagiado de VIH al amor de su vida, sin saberlo. La pareja fue feliz durante más de tres años hasta que Alexis enfermó de gravedad, sin que se supiera inicialmente la causa. Después de varios exámenes inútiles, la verdad se las proporcionó la prueba de Elisa.
A partir de aquel momento su fervor por Sarita se incrementó de forma trepidante. Hasta probó darle de beber a Alexis el agua de los floreros del mausoleo para que le haga el milagro. Alexis yace enterrado aquí, muy cerca de Sarita. Giovanni acaba de comprar su nicho, lo está pagando a plazos, como si fuera un crédito de Mi Vivienda.
Muchas de sus “compañeras fallecidas”, como les dice, descansan en este cementerio, para estar junto a su santa más querida. La comunidad gay –del Perú y el extranjero (1)- visita a sus muertos los lunes o martes cuando viene poca gente y nadie los molesta.
En cambio Giovanni tiene que soportar que los barristas del Sport Boys lo hostiguen y a veces lo agarren a golpes cuando se juegan partidos de fútbol en el Estadio Miguel Grau, ubicado frente al Baquíjano.
-Pero no me importa, igual vengo a verla, siempre vendré, hasta el final –me dice, muy seguro de sí mismo.
-¿Y por qué te arriesgas a tanto? –pregunto- ¿ vale tanto la pena?
-No sabes cuanto. ¿Te imaginas la desolación que se siente saber que no le importas ni a Dios? –me pregunta- Nunca lo sabrás –se responde- para la Iglesia los homosexuales somos unos pecadores condenados al infierno; pero todos ellos están equivocados. Sarita intercede por mí ante Dios, nuestro señor –me dice mientras aprieta sus velas con rencor, una de ellas se quiebra.
-¿Aún lo amas?
Como si mi pregunta hubiera abierto una puerta hacia el pasado, Giovanni recuerda la habitación de su madre atiborrada de íconos religiosos: estatuillas en varios tamaños de la Virgen María, crucifijos, estampitas y cirios a medio consumir sobre candelabros oxidados, yacen en el velador.
-¿Lo amas? –pregunta su madre.
-Sí, mamá, lo amo, estamos enamorados, por favor, acéptalo –responde Giovanni.
-¡Jamás! -grita su madre con odio en los ojos- tú eres un varón, ¿cómo puedes enamorarte de ese joven? ¿No te da vergüenza? Dios te va a castigar.
De pronto, en un arranque de furia, Giovanni derriba el pequeño altar. Las estatuillas de cerámica se quiebran en un estruendo que acalló a su madre sólo por unos pocos segundos.
-Lárgate de esta casa ahora mismo, pecador, nunca más vuelvas, aquí ya no tienes familia. Para mí estás muerto, como tu padre.
Giovanni corre hacia la calle, llorando. Trepa por el muro del cementerio y le reza a Sarita una y otra vez, inconsolable, hasta quedarse dormido.
Ya de madrugada, como una corriente invisible, la brisa marina cubre el malecón de La Punta. Avanza hacia la ciudad y despierta a Giovanni del sueño que nunca recordará. La saborea en su lengua. Húmeda y salada. Cuando alza la vista, la brisa barre los nubarrones que ocultan el cielo y una claridad como la del alba ilumina el camposanto.
Sarita Colonia se le aparece vistiendo una túnica de seda blanca con encajes dorados. Y allí, en la soledad del cementerio, le dice que estará siempre con él, en especial en los peores momentos.
Desde entonces, cada domingo de madrugada sortea el muro para rezarle a su santa clandestina, como le prometió. Arrodillado y aterido de frío, con el torso erguido y rígido, disfruta cada respiración que expele hacia el vacío, mientras espera sosegado a la muerte, que ya está cerca, y lo reencontrará con él.

(1) En la web en inglés www.limaqueerat.com se promociona el turismo gay en Lima. Como parte de su recorrido para entender cómo es ser gay en el Perú, recomienda visitar a Sarita Colonia en el Cementerio Baquiano y Carrillo del Callao.


Publicado en Nexos (diciembre, 2006)